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Argentina Se prepara para el posible fin de la democracia

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Cuando Raúl Alfonsín ganó las elecciones, el 30 de octubre de 1983, marcó el inicio de una nueva etapa para el país. Ahora, 35 años después, ¿qué diagnóstico se puede hacer sobre este tiempo?

Este 30 de octubre se cumplieron 35 años del triunfo de Raúl Alfonsín, lo que determinó el retorno de la democracia. Es interesante ver la recuperación de su figura a través de los variados homenajes a un presidente, que obviamente tuvo enormes problemas económicos, ya que su mandato terminó en una hiperinflación terrible, pero que sentó las bases de un proceso democrático que a todos nos deja con la sensación de poco. A pesar de eso, por suerte en la Argentina siguen predominando los que apuestan por la democracia como la forma de interactuar política y culturalmente, el respeto a los derechos, a la Constitución y a las libertades.

En efecto, el sistema democrático en la Argentina es ampliamente respaldado por la ciudadanía. Esto se ve reflejado en los resultados obtenidos en la última encuesta que realizamos junto a D´Alessio-Irol, donde el 96% de los argentinos prefiere la democracia al autoritarismo; el 89% está de acuerdo con que es el mejor sistema de gobierno que existe, el 93% está en desacuerdo con que la democracia no sirve para nada y un 63% que permita que poca gente acumule mucho poder y riqueza a expensas de la mayoría .(Datos correspondientes a la medición realizada en forma online entre el 31 de octubre y el 1° de noviembre de 2018, a 800 encuestados mayores de 18 años de todo el país).

El 54% de los argentinos consultados resalta como el logro más importante en estos 35 años, la erradicación de los golpes militares, el hecho que no tenemos inestabilidad y la gobernabilidad democrática es valorada. El segundo aspecto más significativo es la libertad de expresión, con el 28%.

Destacan además la figura de Raúl Alfonsín al considerarlo el mejor presidente de todo este largo período.

A pesar de este contundente abrazo de la sociedad argentina al sistema democrático, dos tercios de la población (66%) señala críticas y entre las principales encontramos las relacionadas con la corrupción (23%) y el fracaso en materia económica (22%).

Para un segmento importante de la población (71%), las promesas incumplidas o las demandas insatisfechas de la democracia tienen que ver con la estabilidad económica, la pobreza y la falta de crecimiento económico. Cuestiones como la calidad institucional pasan a un segundo plano (13%), así como el combate a la corrupción (9%) y la inseguridad (7%).

Un dato interesante de este sondeo es que cuando preguntamos a la gente si la democracia es un sistema que puede mejorar con el tiempo, gracias al proceso de aprendizaje que experimentan las sociedades con la práctica democrática, el 92% está de acuerdo con esta afirmación. Es decir, que para 9 de cada 10 argentinos, los problemas de la democracia se resuelven con más y mejor democracia. No con un sistema autoritario o con prácticas que restringen la voluntad popular.

La democracia en América Latina
Nos encontramos en un contexto donde en el mundo aparecen fuertísimos impulsos de crítica a la democracia como la conocimos hasta ahora, tanto por derecha como por izquierda. Por izquierda hemos visto embates sobre todo en los países emergentes, en particular en América Latina, desde Chávez en adelante, pasando por los Kirchner, Evo Morales, Correa, en parte Lula, con otra connotación. Pero había ahí una crítica muy fuerte no solamente a la cuestión económica, de los derechos de los sectores más postergados, sino incluso a la manera en cómo estaba organizado el mundo. Había una crítica a las cuestiones de redistribución de la riqueza, así como también del poder interna y externamente. Y hace ya un tiempo estamos viendo una irrupción de líderes que están cuestionando al orden occidental y al sistema democrático por derecha.

Habíamos tenido algunas insinuaciones con movimientos como el de Le Pen en Francia, con el Tea Party en los EEUU y desde la irrupción del fenómeno Trump comprendemos mejor lo que venía pasando, sobre todo, en Europa, también en otros países de África como de Asia y en América Latina. El triunfo de Bolsonaro pone todo esto en tensión o más y creo que hay algunas cuestiones que conviene aclarar. Hay una corriente muy crítica de todos estos nuevos liderazgos que son percibidos como claramente antidemocráticos, anti institucionales, anti derechos de las minorías, anti libertad de prensa. Y es indudable que hemos visto mucho de esto en todos estos líderes, sobre todo, los de izquierda, exceptuando a Lula que respetó la libertad de expresión, pero hemos visto sobre todo en la tradición de izquierda stalinista una persecución o por lo menos un ensañamiento con algunos medios y/o algunos periodistas.

Esto ha sido un dato de la realidad, un cuestionamiento a la libertad de expresión y la utilización de recursos públicos para vigilar y castigar. Pero también hemos visto líderes de derecha cuestionar a la prensa, por ejemplo, lo que ha hecho Donald Trump con la CNN o con el New York Times o recientemente Bolsonaro diciendo que va a cortar toda la financiación que recibe el tradicional diario Folha de San Pablo, por creer que se opuso a su campaña. Veremos qué nos depara Brasil ahora, pero los cuestionamientos a la libertad han sido efectivamente muy importantes y esto no creo que pueda pasar desapercibido, tanto por derecha como por izquierda, hay en estas críticas una base importante empírica como para justificarlas.

Ahora muchas de las veces aparecen estigmatizados los electorados de estos líderes, hay como un menosprecio al voto de ciudadanos que por diferentes motivos optan por partidos que rompen con el establishment, con el orden establecido. Y creo que hay que diferenciar ambas cosas, creo que es importante criticar decisiones políticas que cuestionan los principios constitucionales, la libertad de expresión u otros derechos adquiridos, pero más que criticar cómo vota la gente hay que tratar de entender porqué vota como vota. Y en todo caso, qué nos está diciendo de cuestiones que funcionan mal en los sistemas que uno tiende a defender por cuestiones ideológicas o por convicciones. Y me parece que la mejor manera de aprender de esto y de mejorar la democracia es entender que hay una profunda insatisfacción de enormes sectores de la población y que expresan esa insatisfacción de manera democrática. Nadie puede cuestionar que Bolsonaro ganó en elecciones libres y justas.

Así como Andrés Manuel López Obrador ganó también de manera contundente en México, y es un líder más bien de izquierda y también tiene a mucha gente preocupada por ese triunfo. Cuando uno intenta comprender por qué han votado de este modo, por supuesto que hay diferentes lecturas, en el caso de Bolsonaro capitaliza la demanda de inseguridad que los ciudadanos brasileños han venido acumulando durante décadas, sin que los distintos gobiernos ni los del PT ni previamente los de gobiernos más de centro e incluso de centroderecha, hayan podido satisfacerla, sino más bien todo lo contrario, la inseguridad se ha profundizado en Brasil. Y el hecho de que haya más clase media es tal vez un triunfo de los gobiernos de centro y socialdemócratas y en todo caso amplía la cantidad de gente que tiene cosas para perder, que experimenta una enorme frustración con la inseguridad. También es cierto que en el caso de Bolsonaro, pasó lo mismo con Andrés Manuel López Obrador, recibió el apoyo de manifestaciones de los cambios culturales y políticos que hemos experimentado en América Latina, en particular grupos religiosos, cristianos no católicos, evangelistas pentecostales, que se han convertido en boom masivos y de ese modo están influyendo en política.

Esto no implica un menosprecio, es una descripción, hay nuevos grupos que reemplazan y desplazan a otra clase de organización. Muchos de quienes hoy pertenecen a estas iglesias pentecostales, son 50 millones en Brasil, eran votantes del PT y ahora que son de clase media prefieren en todo caso otros espacios de sociabilidad e integración en otras clases de comunidades tal vez ya no en las que originalmente estuvieron hace 20 años cuando veían en Lula una oportunidad y cierta esperanza. Algunos ven esto como un retroceso, más en la tradición marxista, que la religión es el opio de los pueblos, yo creo que en todo caso es un fenómeno que vale la pena explicar, que tampoco es nuevo.

Ustedes saben que, en las barriadas más pobres de Santiago, estas iglesias desplazaron precisamente a grupos de izquierda dura que, durante los años de Salvador Allende, en los 60 y comienzos de los 70, expresaban apoyo a posturas más radicalizadas de izquierda. Es un proceso que también hemos visto en América Central, incluso algunos colegas pensaban que detrás de esto estaba la larga mano de los servicios de inteligencia norteamericanos, de la CIA, tratando de contener el avance de la guerrilla con justamente estas estrategias no tradicionales de sociabilidad política que terminaban generando comunidades con muchísima importancia como lo están demostrando en estas últimas elecciones.

Y finalmente, creo que hay una tercera cuestión para tener en cuenta, al margen de la inseguridad y de las nuevas formas de sociabilidad política, cultural, religiosa y espiritual que tiene que ver simplemente con la cuestión de la corrupción. Que es un tema que para muchos no merece tanta ponderación, pero yo creo que es crucial para comprender la frustración, por ejemplo, que experimentaban los mexicanos con el PRI y con el PAN y viendo en Andrés Manuel una salida distinta, de hecho, Andrés Manuel denunciaba la corrupción de sus oponentes. En el caso de Bolsonaro, es mucho más evidente al punto tal que le ofreció la cartera de Justicia y Seguridad Pública al juez Sérgio Moro, quien llevó adelante la investigación del Lava Jato, el responsable de que Lula esté preso.

Me parece que estamos ante procesos muy complejos que hay que entender pensando, sobre todo, en las experiencias de estas ciudadanías, de estos grupos que han acumulado frustración, tanto en lo económico como en lo político, miedo a salir a la calle, frustración por casos de corrupción. No digo que a quienes hayan votado serán las soluciones a esas demandas, simplemente son maneras de expresar esta insatisfacción de forma democrática.

Entonces diferenciemos a los que ganan de quienes los votan, no todos los que votaron por Néstor y por Cristina eran autoritarios y querían el populismo, no todos los que votaban por Menem querían la corrupción y la entrega. Me parece que en el voto se concentran una cantidad muy distinta de motivaciones y la interpretación de ese voto tiene que ser cuidadosa para siempre respetar al ciudadano en su decisión, que es efectivamente soberana, que es la de elegir a quien gobierna. Si no respetamos a quienes votan, estamos curiosamente fallando en uno de los legados más importantes de la gesta democrática que comenzó Raúl Alfonsín y es justamente que el principio más importante de una sociedad democrática es el de la soberanía popular.

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