En Argentina no tienen por qué ser sólo gubernamentales los debates para la mejora del pais; pero esos espacios de negociación y recuperación de la moneda y la confianza.
El problema no es económico. Las soluciones dependen de la política: establecer los incentivos para ingresar en ese sendero sustentable es función de batallas políticas, legales, estatales, sociales, en relación a las que la economía es variable dependiente. Y no sabemos -seamos francos; ningún argentino lo sabe- cómo extraer de nuestro propio seno social y político las energías necesarias para superar el desafío.
El problema no es nuevo. Guillermo O’ Donnell acuñó la expresión “empate hegemónico”: ningún sector social tiene fuerza suficiente para constituirse en “hegemónico”, porque es frenado por los otros. Julio Olivera destacó la tensión dilemática entre “tipo de cambio de mercado” y “tipo de cambio social”. Tulio Halperín Donghi entrevió a “la Argentina en el callejón” sin vislumbrar salida. Juan Sourrouille analizó, con Richard Mallon, la economía “de una sociedad conflictiva”.
Asombroso: estas interpretaciones tienen ya cuatro décadas. Mientras, pagamos un precio exorbitante para entender que los “tiranos honrados” o los “déspotas ilustrados” son delirios, pero todavía creemos en ilusiones tecnocráticas, en magos-economistas, en un gobierno que lo arregle todo, en Vaca Muerta o en una lluvia de inversiones.
La última ilusión antipolítica es la lucha contra la corrupción. Los argentinos creemos que acabando la corrupción y la política el país se pone de pie. Nos quejamos en mexicano: “Siempre caigo en los mismos errores”. ¿Cómo no vamos a caer en los mismos errores si los problemas siguen siendo los mismos y no encontramos el poder democrático para encararlos?
Paga bien acusar de incompetencia a los políticos, de egoísmo a los empresarios, de obcecación a los sindicalistas, de fanatismo a los líderes sociales, de clericalismo cerril a los sacerdotes. Acusaciones no infundadas del todo, a las que agregaría la desaforada soberbia de “muches” intelectuales, periodistas, economistas. Desesperados por ofrecer una solución, simplificamos engañosamente el problema. No aclares que oscurece.
Cierto que hubo y hay intentos de modernización capitalista. Para escándalo de tirios y troyanos diré que fue el caso con Frondizi, Alfonsín, Menem y Macri. Pero mejor examinar distintos senderos que podrían explorarse para cerrar exitosamente la brecha de capacidades políticas y sociales.
Paradójicamente, cuando más precisamos de la política, más descreemos de ella. El primer paso debería ser reconstruir, vía interlocución, el vínculo entre liderazgos políticos y la sociedad, que está roto, minado por la desconfianza.
