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Opinión

Hildebrant: ¿Qué periodista de Willax le escribió, lo que casi no podía leer este infeliz?

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El periodista y líder de opinión César Hildebrant, se refirió de manera muy crítica a todos los candidatos a presidente del Perú, en especial al los que conforman el arco conservador como Rafael Santos, a quien tildó de «sicario oral» del «infeliz ultra conservador Rafael López Aliaga.

En su última publicación titulada «VERGÜENZA», el experimentado hombre de prensa se encargó, desde su óptica, de evaluar la participación de cada uno de los candidatos en los debates organizados por el Jurado Nacional de Elecciones (JNE).

 

Fiel al estilo que lo caracteriza, Hildebrant, también se encargó de hacer su propia lectura de las opciones de izquierda que se han presentado a la contienda electoral cuya primera vuelta tendrá lugar el próximo domingo 11 de abril.

En es sentido concluyo que los candidatos Ciro Gálvez y Pedro Castillo, representanta el  «folklorismo de izquierda que la derecha necesita». Una izquierda así de aldeana, así de ensimismada.[…] Ni Gálvez ni Castillo aspiran a la presidencia. Lo que quieren es una mención en cursiva al pie de alguna página. Estoy convencido de que ni siquiera eso lograrán. Escribió.

 Mira: «Señora. Su chusquedad mental ya no seduce» la demoledora carta de Hildebrant a Keiko Fujimori

Respecto a candidatura de Keiko Fujimori, quien según los últimos sondeos de intención de voto se encuentra en entre los primeros cinco lugares, Hildebrand puso énfasis en el cinismo que encierra su propuestas respecto al lucha contra la corrupción y expresó su vergüenza  de que  esta «expresión del herpes fujimorista intente por tercera vez apoderarse del Perú para hacer con él lo mismo que hizo su padre delincuente, dice mucho y mal de nosotros. Dice lo peor de todos nosotros. Dice, en suma, que la ignorancia tiene un lado políticamente repugnante».

A continuación  la columna de Opinión de Cesar Hildebrant publicada en el semanario «Hildebrant en sus trece»

VERGÜENZA. Pero no la ajena, esa que no nos toca ni lesiona. En este caso es vergüenza paisana, nacional, nostrísima.

Vergüenza de llegar a los 200 años de república con candidatos como Rafael Santos, sicario apenas oral de Rafael López-Aliaga. ¿De dónde sale un tipo así? ¿Cómo se fabrica ese aspecto de ruindad? Como diría un huachafo: Santos sale de las entrañas mismas del Perú. Son los buscones que hemos creado malbarateando la política y vendiéndosela a los pobres diablos por un plato de lentejas. Somos un país equivocado.

Vergüenza por López-Aliaga, que de célibe empeñoso pasó a ser virgen cerebral, que de millonario en concesiones pasó a ser indigente de ideas. ¿Qué periodista de Willax le escribió, con letra enredada, lo que casi no podía leer este infeliz? ¿A quién creyó que podía engañar recitando fichas ajenas? La derecha peruana de talante religioso y ultracatólico alguna vez tuvo a José de la Riva Agüero y Osma como representante. Ahora debe contentarse con López-Aliaga. Es como pasar de un Mercedes a un triciclo cargado de chatarra.

Vergüenza por Hernando de Soto, que conmovió con su trémula vejez y sus delirios de protagonista retroactivo. Es una buena persona, un ensayista reconocido, un intérprete novedoso de cierto aspecto de la realidad peruana, pero el tiempo ha hecho su malévolo trabajo y el resultado es este monólogo refundador que no se sabe qué quiere decir, a dónde se dirige, qué metas persigue. Un gobierno de De Soto sería como el que en Alemania presidió, anciano y enfermo, Paul von Hindenburg y que terminó, como ya sabemos, con Hitler en el poder. La llamada república de Weimar duró quince años en Alemania. La nuestra, tan frágil como aquella, lleva 199 años de existencia.

Vergüenza por César Acuña, que demostró por qué tiene que plagiar tesis y libros. El milagro económico del Perú no es el PBI mentiroso ni la reducción, oficial y deleznable, de la pobreza. El verdadero milagro es que un semianalfabeto pueda fundar universidades que lo hacen millonario y poderoso.

Vergüenza por Ciro Gálvez y Pedro Castillo, representantes del folklorismo de izquierda que la derecha necesita. Una izquierda así de aldeana, así de ensimismada, así de telúrica, es la que puede arrancar algunos aplausos condescendientes en el periodismo tradicional. Ni Gálvez ni Castillo aspiran a la presidencia. Lo que quieren es una mención en cursiva al pie de alguna página. Estoy convencido de que ni siquiera eso lograrán.

Vergüenza por Alberto Beingolea, que dijo como metralleta todo lo que la derecha bruta y achorada dice despacito para que la entiendan bien. O sea: el-Estado-es-malo, lo privado-es-buenísimo, la-Constitución-fujimorista-no-se-toca. Chancón de a 20, Beingolea tiene la inteligencia de los siervos obedientes y recita de paporreta lo que Luis Bedoya Reyes improvisaba como el Pinglo del argumentario conservador que era. Cree Beingolea que estamos en el siglo pasado y que la derecha debe seguir con su mensaje inmovilista y terco. Ignora este señor que la casa matriz del partido que él representa, es decir, Alemania, ha empujado a la Unión Demócrata Cristiana hacia el centro y que ese viraje es el que ha permitido a la señora Merkel gobernar desde el año 2005. Beingolea cree que Pedro Beltrán está vivo y que si repite teatralmente la lección en público será entrevistado por la revista “7 Días”. Si supiera escribir, seguro que Beingolea le mandaría textos a Arturo Salazar Larraín, a quien también debe creer vivo y coleando.

Vergüenza por Keiko Fujimori, la cabal demostración de que mi país tiene vocación de podre. Escucharla hablar de sus propuestas para combatir la corrupción es como escuchar a Mesalina hablar de la castidad, como escuchar a La Rayo hablar de la honradez, como escuchar a Magaly Medina dar una cátedra sobre el derecho a la privacidad. Que esta expresión del herpes fujimorista intente por tercera vez apoderarse del Perú para hacer con él lo mismo que hizo su padre delincuente, dice mucho y mal de nosotros. Dice lo peor de todos nosotros. Dice, en suma, que la ignorancia tiene un lado políticamente repugnante.

Vergüenza por Ollanta Humala, que habló como si nadie recordara lo de Odebrecht y nadie supiera que su gobierno –el suyo o el de Nadine Heredia, no importa– fue uno más de los tantos regímenes avalados por la Confiep y los empresarios voraces que allí se parapetan. El señor Humala recibió el elogio de “El Comercio”, que así premió su “sensatez y moderación”. Lo que ensalzaba, en realidad, era la castración política que los nacionalistas padecieron desde que firmaron el compromiso aquel de ceñirse a los marcos constitucionales de 1993. Mario Vargas Llosa contribuyó a emascular a Humala. Quien realmente nos gobernó entre el 2011 y el 2016 fue Pichula Cuéllar.

En fin, vergüenza por Alcántara, que ratificó su inexistencia, y por Forsyth, que confirmó que los únicos palos que domina son los que al parecer le han dado para ser la pantalla de un nuevo seudónimo de la vieja derecha. Y mucha vergüenza por el fugitivo Vega, que leyó con voz de susto su adiós irrelevante. No hay nada peor que te vayas de donde no te han echado y que, encima, nadie te eche de menos. ¡Y pensar que alguna vez, en 1994, cuando vivía en Madrid, fui mensajero de Pérez de Cuéllar en Lima para alistar su candidatura por la UPP

Y mucha, pero mucha vergüenza por los periodistas que hicieron de moderadores y que se hicieron cómplices públicos del señor Santos en su exhibición de matón del barrio.
Los demás se portaron como candidatos y cada quien juzgará sus propuestas, la viabilidad de sus promesas, la consistencia de sus planes.

Lo único que puedo añadir es que esta elección terminaría de ser una pesadilla si en este momento, al escribir estas líneas, la segunda vuelta fuera un coto exclusivo de la derecha y la centroderecha. Debemos agradecer que haya una opción de izquierda para la hora de las definiciones. No importa lo que diga la caverna de siempre ni cuánto quieran manipular las encuestadoras. No hay que tenerle miedo a quienes nos impusieron, con tanques en la calle, el neoliberalismo sin hospitales ni oxígeno ni ucis. No habrá segunda vuelta de verdad ni debate serio al que asistir si la izquierda no tiene una representación. Piénsenlo bien. He llegado a este convencimiento después de una profunda reflexión y tras leer la columna que Pedro Francke publica en esta edición. Ese texto supone un compromiso público de no repetir en el Perú experiencias desdichadas como la del chavismo ni ensayar entre nosotros la ingeniería social, siempre opresiva, del socialismo de raíz marxista.
(Hildebrandt en sus Trece).

Opinión

«Es una dictadorzuela frágil»: Psicoterapeuta Carmen González desnuda el narcisismo de Keiko

La reconocida psicoterapeuta Carmen González desnuda el narcisismo y la fragilidad de Keiko Fujimori. De la «mano dura» a pedir milagros ante el Fenómeno del Niño, el diagnóstico psicológico revela una presidenta sin sensibilidad para gobernar.

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Diagnóstico psicológico a Keiko Fujimori por la psicoterapeuta Carmen González: narcisismo y fragilidad detrás de la mano dura.

La reconocida psicoterapeuta Carmen González ha lanzado un diagnóstico demoledor sobre la presidenta. Según su análisis, Keiko Fujimori oculta su inseguridad emocional detrás de una fachada militar y autoritaria.

El narcisismo heredado y la falta de sensibilidad

La especialista advierte que Keiko carece de desarrollo personal y de la sensibilidad necesaria para sentir al país. Se ha identificado con la parte narcisista y prepotente de su padre, ocultando sus propias fragilidades.

Esta falta de conocimiento emocional la lleva a rodearse de asesores cuestionados. No busca equipos técnicos capaces, sino cómplices que validen su inseguridad interna.

De la «mano dura» a la impotencia ante el desastre

Esta insensibilidad se evidencia brutalmente en su respuesta ante los desastres naturales. En lugar de activar protocolos estatales, sugiere evacuar y confía en que «limpiar los ríos» sea suficiente.

Peor aún, delega la protección del Estado a la fe, pidiendo milagros a Dios, la Virgen y al Señor de los Milagros. Un gobierno no se gestiona con rogativas, sino con prevención, infraestructura y obras.

El autoritarismo como máscara de la inseguridad

La psicoterapeuta advierte que su voz firme y sus amenazas a la oposición son una fachada. Es la reacción de quien no tiene fuerza interna y necesita imponer miedo para sentirse poderosa.

Esta dinámica se alinea con lo admitido por su propio vicepresidente, Micky Torres. Él confesó que las facultades legislativas no son por seguridad o El Niño, sino para imponer su plan de gobierno obstruccionista.

Medidas facilistas para un país en cuidados intensivos

Expulsar estudiantes o cerrar el Congreso son medidas facilistas de quien no sabe gobernar. El país no necesita más «órdenes» sin justicia, sino un Estado que atienda a los millones que se acuestan con hambre.

La doctora González es clara: no se puede dirigir una nación en crisis sin haber sanado las propias heridas. Mientras tanto, el gobierno sigue priorizando la escenografía militar sobre la vida de los más vulnerables.

Vale señalar que gobernar un país en cuidados intensivos requiere sensibilidad, no show mediático. Pedir milagros no es una política de Estado, es la confesión de una incapacidad absoluta para liderar.

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Opinión

De «perros» a «Movadef»: Keiko Fujimori «amenaza» a JPP con las Fuerzas Armadas en medio de su «Plan Bukele»

Desde el Pentagonito Keiko Fujimori utilizó su «Comando Unificado» para lanzar un mensaje intimidatorio contra la oposición por el Caso Maraví. Flanqueada por militares, tanques y helicópteros, Fujimori recrudeció su retórica autoritaria, evocando los peores fantasmas de la dictadura de su padre.

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En una clara muestra de intimidación, Keiko Fujimori posó flanqueada por militares de las Fuerzas Armadas con armas largas, en un mensaje visual dirigido a la oposición y al senador Iver Maraví).

Hay amenazas en la política que no necesitan gritar para ser letales; basta con que se hagan visibles en silencio.

La reciente conferencia sobre los supuestos primeros logros de su rimbombante Comando Unificado debía ser, por su propia naturaleza, un acto técnico, institucional y sobrio. Sin embargo, Keiko Fujimori decidió convertirlo en un mitin de intimidación.

Fujimori apareció flanqueada por militares con armas largas. Más allá de la supuesta «seguridad», ese despliegue bélico en un recinto civil funcionó como una amenaza sutil pero inequívoca a la oposición y a la prensa: el Estado soy yo, y tengo la fuerza.

Bajo la sombra de esos fusiles, el discurso buscó reescribir la realidad. Su objetivo: blindar a su ministro del Interior, César Astudillo. Horas antes, él había agredido verbalmente a la senadora Ruth Luque en el Congreso

«Y yo aquí le expreso mi total respaldo y gratitud por su valentía. Ministro, los perros ladran, es una señal de que estamos avanzando»

Con esta frase, la investigada por lavado de activos, normalizó la prepotencia de su ministro. Además, deslegitimó el control político de la oposición. Redujo a los legisladores fiscalizadores a la categoría de ‘perros‘ que estorban su supuesto ‘avance’.«

Poco después, dentro de ese mismo discurso institucional, Fujimori complementó su postura confrontando directamente a la facción opositora de Juntos por el Perú, bancada a la cual pertenece el senador Íber Maraví, con la siguiente declaración:

«Hay que pensar si estamos del lado de la violencia o de la paz; de los agresores o de las víctimas; del Movadef y Sendero Luminoso, o de las Fuerzas Armadas y de Chavín de Huántar»

Este teatro de la intimidación no se limitó a los fusiles. La aliada de Donald Trump usó la escenografía completa de su «Plan Bukele» un despliegue de tanques, helicópteros, maquinaria de guerra, batallones de militares, policías y hasta perros de ataque. Una parafernalia bélica importada de Centroamérica que buscaba amedrentar a la opinión pública y preparar el terreno para la represión, bajo el pretexto de combatir el supuesto «narcoterrorismo».

El Pentagonito: el escenario del crimen durante la dictadura.

El escenario elegido no fue una casualidad. Fujimori lanzó su discurso desde el llamado «Pentagonito». Esta es la sede de inteligencia del Ejército peruano. Un lugar que carga con un peso histórico demoledor.
El Pentagonito fue el cerebro operativo de la dictadura de su padre, Alberto Fujimori. Durante los años 90, este edificio funcionó como el centro neurálgico de la represión. Allí operó el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIN) bajo el mando de Vladimiro Montesinos.
En sus instalaciones se ejecutaron detenciones arbitrarias, se operaron cámaras de tortura, se orquestó el secuestro y la extorsión a empresarios, periodistas y opositores. Así lo documentó la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), y  lo confirmaron los posteriores fallos judiciales. Este edificio fue el epicentro de la guerra sucia.
Al elegir este espacio, Keiko Fujimori rinde homenaje a la maquinaria represiva de su padre. Reivindica el lugar físico donde se planificaron crímenes de lesa humanidad, crímenes por los que el exdictador fue condenado.

El perfil de los agresores.

Para comprender la gravedad de este espectáculo, es imperativo recordar que los protagonistas de esta farsa no son figuras impolutas, sino personajes cuyas trayectorias están signadas por graves cuestionamientos judiciales y condenas ejecutoriadas:

Keiko Fujimori arrastra un historial judicial que la persigue como una sombra. Investigada por el Equipo Especial Lava Jato por lavado de activos y organización criminal, y por los casos Cócteles. Su libertad se sostiene sobre frágiles tecnicismos legales, mientras mantiene un patrón de obstrucción y copamiento de sectores de la justicia, la Fiscalía y el propio Tribunal Constitucional, que anuló el escandaloso caso Cócteles.

César Astudillo: El ministro del Interior es un general en retiro bajo la lupa de la justicia. Investigado en el caso «Gasolinazo»por organización criminal y peculado agravado, existe un pedido fiscal formal de 36 meses de prisión preventivaen su contra, curiosamente el caso fue archivado en agosto de 2026.

Francisco Giampietri: El senador de Renovación Popular que retó a su colega Íber Maraví a «arreglar las diferencias en la calle», es s un almirante en retiro con un pasado judicial cuestionado. 

En noviembre de 2000, siendo edecán de Alberto Fujimori, ejecutó el ilegal operativo del «Caso del Falso Fiscal«. Junto al coronel José Tantaleán, transportó decenas de maletas y cajas con evidencia incriminatoria de Vladimiro Montesinos.

Por este atropello a la institucionalidad, fue condenado inicialmente a cuatro años de prisión, aunque luego resultó absuelto en 2006 tras complejos debates legales. Un antecedente que desnuda su histórico uso de la fuerza al margen de la ley, hoy disfrazado con un escaño en el Senado

El fantasma de la dictadura.

Este despliegue de fuerza cobra una dimensión siniestra al recordar que no es un hecho aislado, sino la reedición de un guion macabro. La imagen de una mandataria rodeada de tanques, aviones y fusiles evoca inevitablemente el fantasma de la dictadura de su padre, Alberto Fujimori.

El exdictador, condenado por corrupción y graves violaciones a los derechos humanos, utilizó a las Fuerzas Armadas para imponer su voluntad, someter a la ciudadanía y disolver las instituciones democráticas. La heredera política ha decidido reciclar los peores métodos de los años 90, disfrazándolos de una supuesta «mano dura» y utilizando la solicitud de facultades legislativas para saltarse los debates y gobernar por decreto.

Vale señalar que, mientras el Congreso evalúa este pedido de facultades, tiene la responsabilidad histórica de decir «no». Negarlas no es obstruccionismo; es el último dique de contención frente a un autoritarismo que confunde el mando con la imposición y el Parlamento con la calle. La República no puede ser rehén de quienes, amparados en el legado de una dictadura sanguinaria, buscan borrar la verdad material para gobernar desde su propia ficción

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Opinión

Keiko Fujimori derrotada: López Aliaga hegemoniza Lima mientras la izquierda se desintegra. Elecciones Regionales Municipales 2026

El boca de urna no deja lugar a eufemismos: el fujimorismo no ganó ninguna alcaldía distrital en la capital. Mientras Renovación Popular absorbe el voto conservador con el 31.2%, la izquierda se debate entre la atomización y el espejismo, incapaz de capitalizar el desencanto ciudadano.

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"Resultados boca de urna elecciones regionales 2026 Perú, Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga"

Los primeros resultados a boca de urna y los conteos preliminares de las elecciones regionales y municipales  2026, no dejan lugar a eufemismos ni a narrativas de «resistencia». Con la frialdad de los números, la derrota estructural de Keiko Fujimori y su maquinaria. Fuerza Popular es un hecho, no solo perdió; fue barrida del mapa político de la capital, demostrando que su marca es hoy un cascarón institucional que sobrevive en los estudios de televisión, pero muere en la urna.

El colapso fujimorista y la dinamita de Keiko

El desastre no es solo electoral, es de imagen. Keiko Fujimori no solo perdió las urnas; dinamitó su propio capital político a una velocidad vértigo. Según sondeos publicados por El Comercio, la lideresa de Fuerza Popular vio su imagen desplomarse a un rango entre el 15% y el 18% en tan solo dos meses, un suicidio político que condenó a sus candidatos al arrastre.

En Lima Metropolitana, el candidato de su partido se estancó con un 21.3% de las preferencias preliminares. Pero la cifra más demoledora es su traducción territorial: ninguno de sus candidatos logró imponerse como alcalde en los distritos de la capital. La maquinaria clientelar que alguna vez garantizó victorias locales se ha desintegrado, dejando a la cúpula fujimorista hablando sola en un país que ya no le teme, sino que la ignora.

López Aliaga y la hegemonía conservadora en la capital

Mientras el fujimorismo se desangra, Rafael López Aliaga (Renovación Popular) no solo ganó; hegemonizó. Con un contundente 31.2% de las preferencias a boca de urna en Lima, el exalcalde consolidó su posición como el nuevo centro de gravedad del conservadurismo peruano. Su victoria confirma un trasvase histórico: el votante de derecha migró hacia una propuesta que supo vender una estética de «mano dura» más fresca, dejando a Fuerza Popular como un socio menor y prescindible.

El desierto regional: el triunfo de los movimientos locales

El panorama fuera de la capital es aún más desolador para los partidos nacionales. De las 25 regiones del país, 20 irán a una segunda vuelta, evidenciando una fragmentación del voto que el fujimorismo y la derecha tradicional fueron absolutamente incapaces de capitalizar.

El verdadero ganador de la noche no es un partido con sede en Lima, sino el regionalismo. Fuerza Popular no logró imponerse en las gobernaturas, quedando relegada a un papel testimonial frente a movimientos locales y alianzas ciudadanas que sí lograron leer el pulso de sus territorios, según reporta La República. Donde antes el partido morado desplegaba una red de operadores, promotores y clientelismo, hoy solo quedan estructuras fantasmas, incapaces de competir con la maquinaria de las organizaciones regionales o con el voto de castigo que buscó alternativas distintas.

La izquierda: entre la atomización y el espejismo

Si el panorama de la derecha es una reorganización hegemónica, el de la izquierda es un cementerio de siglas. Agrupaciones como Juntos por el Perú no consiguieron encabezar ninguna candidatura para la Alcaldía de Lima Metropolitana. El campo progresista se debate en una fragmentación crónica. Mientras figuras como Verónika Mendoza intentan reposicionarse desde bastiones regionales como Cusco (donde obtiene un 33.7% según primeros sondeos)

El proyecto de una izquierda nacional unificada sigue siendo una quimera. Incapaz de presentar un frente común o de capitalizar el profundo desencanto ciudadano con la gestión actual, la izquierda ha permitido que el debate público sea secuestrado exclusivamente por las distintas facciones de la derecha.

Conclusión

Cuando una maquinaria política sobrevive de sus glorias pasadas pero es incapaz de ganar una sola alcaldía distrital, y cuando su lideresa pierde más de la mitad de su capital político en ocho semanas, deja de ser un actor político para convertirse en un fantasma. Los resultados preliminares de este 4 de octubre no solo entierran el sueño fujimorista; desnudan la soledad de un sistema donde el ciudadano ha optado por blindar sus territorios con movimientos regionales, mientras los partidos nacionales se pudren en su propia irrelevancia.

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