Antes que nada aclaran que son migrantes, no viajeros que desean hacer turismo ni tampoco vivir nuevas experiencias. Ellos se ven empujados a abandonar sus casas, sus ciudades a más de 7.000 kilómetros, para echar raíces en un sitio ajeno y alejado a sus costumbres, tan distintas, pero con un sólo objetivo: conseguir trabajo y aprender el idioma -o al revés- para mejorar su calidad de vida y ayudar a sus familias.
Cada vez más senegaleses forman parte del paisaje urbano de Buenos Aires, donde vive la mayoría de los 4.500 que se afincaron en Argentina. De ese total, sólo hay 100 mujeres. Gran parte llegó en dos tandas: 2006-2008 y 2012-2013 y el 90 por ciento tiene categoría de refugiado, vive en la Argentina con la residencia Precaria, que es el primer paso para obtener su estadía Temporaria, la cual los habilita para estudiar, trabajar y entrar o salir de Argentina por un período de 2 años (renovable).
Abdul (45, de Dakar, hace tres años que vive en Argentina), Modou (25, de Louga, llegó hace ocho meses), Bamba (28, de Diourbel, desembarcó en 2016), Gora (35, de Touba; vino en 2015), Chiech (27, de Louga, lleva tres años), Abdou (42, de Diourbel, reside aquí hace doce años), Fallou (29, de Thies, va por su tercera temporada) y Kara (33, de Meckhe, casi cuatro años) dibujan sonrisas tímidas que, a decir verdad, poco les cuesta, todo lo contrario al idioma, una de las barreras más fuertes para la integración.
«Lo más complicado es atravesar los primeros meses, porque sin poder hablar es imposible hacer algo», dice Kara, quien lleva tres años en el país y se defiende más que bien con el español. Les habla a sus compañeros en wolof, su lengua nativa, y todos están de acuerdo: «No se puede expresar lo que se siente sin idioma, lo que se necesita, ni hacer un trámite o pedir trabajo», explicita Kara el pensamiento del grupo de senegaleses que se reunió con Clarín.
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