En un desesperado intento por congraciarse con la ultraderecha estadounidense, el gobierno de Keiko Fujimori ha entregado la soberanía diplomática del Perú a Marco Rubio, mano derecha de Donald Trump. Una sumisión que no solo tensa las relaciones con Pekín, sino que ha expuesto a la Cancillería peruana al escarnio internacional tras anunciar una ruptura con Irán que Teherán ni siquiera reconoce.
La visita del emisario de Trump aterriza en Lima en medio de una «Guerra Fría» geopolítica y comercial entre Estados Unidos y China. Lejos de proteger la economía nacional, la administración fujimorista ha optado por el servilismo.
Horas antes del arribo de Marco Rubio, en una reveladora columna de opinión publicada en el diario El Comercio, Rubio confirmó la incorporación del Perú al «Escudo de las Américas». Sin embargo, el texto desnuda una agenda que va mucho más allá de la lucha contra el crimen organizado: Rubio define explícitamente a China como una amenaza, advirtiendo que «actores ajenos al hemisferio respaldados por Estados extranjeros, específicamente de China, han ingresado a nuestra región con promesas que esconden sus prácticas predatorias».
Lejos de un discurso de soberanía, el emisario de Donald Trump se apresuró a celebrar lo que denomina el «nuevo gobierno de Fujimori», calificando al Perú como un «importante aliado extra-OTAN» que será recibido en este bloque de seguridad.
Bajo esta retórica, Rubio acusa directamente a los «proyectos respaldados por el Partido Comunista Chino» de pasar por alto los marcos legales peruanos y amenazar la seguridad de los datos, justificando así la subordinación de la política exterior peruana a los caprichos de Washington.
La reacción de Pekín no se hizo esperar. La Embajada de China en Perú emitió un contundente comunicado recordando que «las relaciones bilaterales no deben estar sujetas a interferencias de terceros ni a presiones hegemónicas». Una advertencia que Torre Tagle ha decidido ignorar, hipotecando al mayor socio comercial del país en un tablero geopolítico que no nos pertenece.
China aplica unilateralmente política de exención de visa para todos los peruanos. Los ciudadanos peruanos con pasaportes ordinarios pueden visitar China sin visa y quedar 30 días con motivo del comercio, turismo, visitas familiares, intercambios y tránsito. China abre sus… pic.twitter.com/49yuZxbgzW
— Embajada de China en el Perú (@ChinaEmbPeru) September 9, 2026
Pero el desatino diplomático alcanzó niveles de ridículo con el anuncio oficial de la ruptura de relaciones con la República Islámica de Irán, una medida claramente dictada desde Washington para complacer a los halcones republicanos. ¿La respuesta de Teherán? Una burla que desnudó la improvisación del régimen.
El gobierno iraní respondió de manera socarrona que «jamás existieron relaciones diplomáticas formales que romper», evidenciando que la Cancillería peruana fabricó un enemigo inexistente solo para ganar puntos ideológicos en su desesperada carrera por agradar a la Casa Blanca.
Este movimiento no es aislado; responde a la avanzada de los gobiernos de extrema derecha en el continente, que han cambiado la integración latinoamericana por la subordinación militar y la persecución ideológica. El «Escudo de las Américas», bajo esta nueva óptica, se convierte en una herramienta de cerco geopolítico contra Pekín.
Vale señalar que, mientras el gobierno de Keiko Fujimori celebra su alineamiento ciego, guarda un silencio sepulcral sobre el oneroso costo que estas decisiones tendrán para las exportaciones peruanas y la inversión en infraestructura.
Lejos de defender los intereses del país, la actual administración ha convertido a la diplomacia peruana en una simple sucursal de los intereses de Washington, sacrificando el futuro económico del Perú en el altar de una Guerra Fría que nosotros no declaramos.


























































